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Publicado el noviembre 12th, 2018 | por macero

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O’HIGGINS EL HOMBRE, DESCUBRIENDO EL PENSAMIENTO DE O’HIGGINS

Hablar de Bernardo O’Higgins Riquelme es, quizás, repetir lo que ya han dicho otros. Por lo que en esta ocasión, prefiero que hable el propio O’Higgins, a través de sus cartas.

OhigginsTodos sabemos que Bernardo O’Higgins nació en Chillán Viejo el 20 de agosto de 1778, hijo de don Ambrosio O’Higgins y de doña Isabel Riquelme. Su padre, hombre ya maduro, se había atraído el amor de la bella jovencita que era Isabel, con la promesa de un matrimonio que no cumplió, porque pesaron más en él los cálculos de una carrera militar y administrativa que prometía un gran futuro.

Este nacimiento oscuro, escondido, le trajo el rechazo de muchos en su vida, pero él siempre tuvo una visión más elevada y así lo hizo saber a un amigo en una carta enviada en 1834: “Si un charlatán aristócrata se ha repletado al decir que mi nacimiento fue obra de la casualidad, sin duda para dedicar a esta obscura deidad las glorias de Chile, yo puedo asegurar que desde que tuve el uso de mi razón, mi alma conocía otra filosofía, más engrandecida, que representaba mi nacimiento no para mi mismo, sino como de mi Soberano Creador, para la gran familia del género humano y para la libertad de Chile, mi tierra natal.”

Sus primeros años los pasó con su madre en Chillán, hasta que a los cuatro años fue llevado a Talca donde vivó hasta los diez; después fue nuevamente llevado a Chillán, de allí a Lima y finalmente a Inglaterra. Mientras tanto, don Ambrosio era nombrado sucesivamente Intendente de Concepción, Gobernador de Chile y Virrey del Perú. En 1788 don Ambrosio fue nombrado Gobernador de Chile, y en su viaje de Concepción a Santiago pasó por Talca en donde le fue presentado este niño Bernardo, de diez años. Fue la única vez que Bernardo vio a su padre, aunque no sabemos si sabía que estaba saludando a su padre o sólo al Gobernador del Reino.

Este niño triste, tímido y solitario, que sólo vio una vez en su vida a su padre y con su madre tuvo pocos momentos para recibir sus tiernas caricias, mantuvo hacia ellos un amor y un agradecimiento admirables. A doña Isabel le escribía desde España cuando estaba a punto de volver a Chile: “Cuan grandes tristezas, señora mía, no he pasado yo por usted, sin tener una sola cartita de usted para mi consuelo, yo que tanto me he esmerado en escribirle… Pues ahora le pido por aquel amor de madre debido a un hijo, por mis trabajos, por mi amor y, en fin, por el padre que me dio vida, que no me deje usted de escribir a Buenos Aires… Le pido me encomiende a Dios, como yo la encomiendo a usted en todas mis oraciones.”

Por esa misma fecha escribe otra carta dirigida a don Ambrosio, en la que se despide con estas palabras: “Adiós, amantísimo padre, hasta que el cielo me conceda el gusto de darle un abrazo; hasta entonces no estaré contento ni seré feliz.”

Pero a la corte española han llegado los rumores de la existencia de un hijo secreto del Virrey del Perú que, más aún, aparece coludido con algunos revolucionarios que buscan la independencia americana. Recordemos que el joven Bernardo había tenido en el colegio de Richmond, Inglaterra, un profesor muy especial, el venezolano Francisco de Miranda, quien le inculcó las ideas de libertad e independencia. Estos rumores le costaron el puesto a don Ambrosio, quien se volvió indignado contra su hijo y le dejó prácticamente abandonado en España. Bernardo le escribió protestando su inocencia: “Yo señor no sé que delito haya cometido para semejante castigo, ni sé en que haya sido ingrato (uno de los delitos que más aborrezco), pues en toda mi vida he procurado con todo ahínco el dar gusto a V. E. y al ver frustrada ésta mi sola pretensión, irritando a mi padre y protector, confuso he quedado. ¡Una puñalada no me fuera tan dolorosa! ¡No sé como no me caí muerto de vergüenza al oír semejantes razones. Jamás he temido a la muerte ni a la pobreza, pero en este instante he quedado acobardado, considerándome el último de los hombres y el más desgraciado.”

Sin embargo, ya le queda poco tiempo a don Ambrosio y en un último acto de justicia para con su hijo le deja en herencia la hacienda “Las Canteras”, cerca de Los Ángeles, con tres mil cabezas de ganado.

De esta manera, cuando don Bernardo vuelve a Chile, en 1802, llega a hacerse cargo de esta hacienda, al trabajo campesino que le satisface plenamente. En 1811 escribía a Juan Mackenna: “La carrera a que me siento inclinado por naturaleza y carácter es la de labrador. Debo a la liberalidad del mejor de los padres una buena educación, principios morales sólidos y la convicción de la importancia primordial que tienen el trabajo y la honradez en el mérito del hombre, gozando, además, de una salud robusta que ningún exceso ha menoscabado… En tales condiciones hubiera podido llegar a ser un buen campesino y un ciudadano útil y, si me hubiera tocado en suerte nacer en Gran Bretaña o en Irlanda, habría vivido y muerto en el campo. Pero he respirado por primera vez en Chile y no puedo olvidar lo que debo a mi Patria.”

Precisamente será este amor a su Patria lo que mueva todas sus acciones. En la misma carta expresa a continuación: “Quiso la suerte que debiera a Chile mi primer aliento y, por tanto, débole como a mi patria reparar en cuanto de mí depende su degradación, porque mirar su suerte con vergonzosa apatía sería violar uno de los principios morales que más constantemente se me ha enseñado a respetar desde que tengo uso de razón, esto es, que el sentimiento que debe ser más grato a nuestro corazón, después del amor que debemos al Creador, es el amor a la Patria.”

Más adelante agrega: “Me he alistado bajo las banderas de mi Patria después de la más madura reflexión y puedo asegurar a usted que jamás me arrepentiré, cualesquiera sean las consecuencias.”

Al año siguiente, en una carta dirigida a don Juan Terrada le dice: “Amigo mío, sus saludables consejos quedan impresos en mi alma; me he propuesto no apartarme un solo punto de ellos. Detesto por naturaleza la aristocracia y la adorada igualdad es mi ídolo. Mil vidas que tuviera me fueran pocas para sacrificarlas por la libertad e independencia de nuestro suelo y tengo el consuelo de decir que la mayor parte de los descendientes de Arauco obran por los mismos principios”.

Poco antes de morir reafirmaba estas ideas en otra carta: “Mis intereses personales son lo que menos he cuidado en toda mi vida, particularmente cuando los de mi patria están de por medio. Sí; de esta patria que desde los 15 años de mi primera edad fue el ídolo de mi corazón en la tierra y lo será hasta rendirle el último aliento.”

Además de esta entrega total a su patria chica, Chile, también se entrega a la causa de la patria grande, América.

Una de sus primeras preocupaciones de gobierno, ya asegurada la independencia nacional, será la de organizar la Escuadra Libertadora al Perú. Este mismo país le acogerá después cuando abandone Chile, concediéndole el grado de Gran Mariscal y una hacienda en las cercanías de Lima, Montalván.

Apenas llegado al Perú quiso incorporarse al ejército de Simón Bolívar y así lo hizo saber al Libertador en una carta enviada en junio de 1824: “¡Qué consideración tan lisonjera es a un soldado araucano ser invitado a las filas de sus bravos hermanos de Colombia!… Usted me honra del modo más importante en la manera en que me confiere este favor, y a la verdad me significa más de lo que merezco.”

No obstante, sus anhelos se vieron frustrados y no pudo incorporarse al ejército americano, ni menos participar en el triunfo definitivo de Ayacucho, la última batalla por la libertad de América, la que obviamente, motivó numerosas celebraciones entre ellas un gran banquete en el palacio Presidencial de Lima. El historiador Jaime Eyzaguirre en su biografía de O’Higgins relata: “Y cuando en el palacio de gobierno se iba a servir el suntuoso banquete de celebración del triunfo ante Bolívar y los generales colombianos, argentinos y peruanos, apareció O’Higgins como trayendo el alma de Chile a asociarse a la alegría común. Pero ahora su figura contrastaba con la de los demás oficiales porque no vestía ya uniforme y un sencillo traje de civil era todo su atavío. “Señor –dijo al Libertador, ocultando apenas su emoción- la América está libre. Desde hoy el general O’Higgins ya no existe; soy sólo el ciudadano particular Bernardo O’Higgins. Después de Ayacucho mi misión americana está concluida.”

Continuó viviendo en el Perú, en su casa de Lima y en la hacienda de Montalván, rodeado del respeto de peruanos y de chilenos que iban a visitarlo, manteniendo un sentimiento de gratitud hacia ese país, como lo hizo saber en una carta a un periódico limeño: “Por la independencia de América sacrifiqué en Chile, mi Patria, mis mejores años, mi salud y mis bienes; pero debo a la generosidad del Perú una vida tranquila y no mendigar mi subsistencia y la de mi familia”.

Así transcurrió su existencia tranquila hasta su muerte acaecida el 24 de octubre de 1842, rodeado de sus seres queridos. En su última palabra “Magallanes” quiso dar un abrazo a esa patria lejana, la patria de sus amores.

Para terminar, quisiera repetir las palabras que dijera el entonces Presidente Electo de Rotary International James F. Conway de visita en Concepción, el 28 de septiembre de 1968: “Cuando hablo de ideales, me recuerdo del héroe de la Independencia de Chile, el General Bernardo O’Higgins. Ese fue un hombre que se fijó una meta, y que estuvo decidido a soportar los más duros sacrificios personales y al mismo tiempo vencer los más poderosos obstáculos para alcanzar su ideal. O’Higgins tuvo una visión muy clara y límpida de los derechos individuales y de la libertad. Él liberó a su idolatrada patria a costa de perderlo todo, incluso el privilegio de vivir en ella. Los ideales de Rotary, afortunadamente, no se enfrentan con barreras de esta magnitud, pero estoy seguro que nosotros podemos obtener mucha inspiración si invocamos el espíritu del General O’Higgins a medida que enfrentamos nuestro propio desafío.”

RAUL BESOAIN ARMIJO
RC San Bernardo



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