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Publicado el noviembre 9th, 2019 | por macero

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Aloha Rotary

Un saludo a Honolulu, sede de la Convención de Rotary International de 2020.

¿Y cuál es la mejor manera de conocer esta isla paradisíaca?

Recorrerla con los rotarios y rotaractianos del medio local.

por Diana Schoberg

Son las ocho de la mañana en la isla de Oahu, y en Waikiki Beach reina el bullicio. La gente se amontona en los pequeños resquicios soleados entre las sombras de los hoteles situados junto a la playa: familias con niños pequeños entran y salen del agua; parejas sentadas toman un café, y los surfistas con sus tablas caleidoscópicas se apresuran para aprovechar las olas de la primera hora. Los nadadores se deslizan lentamente en las aguas oceánicas rebosantes de espuma de mar o cruzan a buen ritmo las aguas más tranquilas detrás de la rompiente conocida como Waikiki Wall. Comienzan a abrir los puestos que alquilan snorkels, canoas, tablas hawaianas y otros elementos para deportes acuáticos, y un catamarán regresa de su travesía matutina. Y sin embargo, pese a tanta actividad, lo único que se oye es el sonido de las olas que se estrellan contra la costa.

Estoy aquí con mi familia, en medio de nuestro paseo exploratorio antes de almorzar con algunos de nuevos nuevos amigos rotarios en el barrio chino, Chinatown de Honolulu. Bea, nuestra hija de seis años se remanga los pantalones capri y corre entre las olas cercanas a la orilla levantando las piernas. Cada 15 metros gira a su alrededor y nos sonríe a mí y a mi esposo, Craig, y sigue corriendo e insistiendo en que la persigamos por sobre la cálida arena antes de que las olas borren sus huellas por completo.

No es la primera vez que nuestra familia visita Honolulu. Bea no ha dejado de pedir que nos mudásemos allí desde que visitamos esta ciudad hace tres años, cuando se enamoró de las templadas aguas del océano, la playa de arenas doradas y el clima perfecto. Cuando se enteró que íbamos a regresar a la isla de Oahu, se me abrazó a la pierna izquierda y se puso a darme besos. “¡Eres la mejor mamá del mundo!”, exclamó. Y era indudable que yo no iba a convencerla de lo contrario.

Este viaje iba a ser un poco diferente. Esta vez, estábamos en plena misión exploratoria, previa a la Convención de Rotary International 2020 que tendrá lugar del 6 al 10 de junio, y nuestros guías eran rotarios del medio local, en virtud de su conocimiento sobre la encantadora isla. Les pedí que nos mostraran su propia Honolulu, su entorno, su historia y su cultura. Nos encanta la playa, pero Hawái tiene muchas otras atracciones y no quisiéramos que tú y tu familia se queden sin conocerlas.

En St. Louis School, Honolulu, Bradford Ikemanu Lum se sienta ante un aula llena de alumnos varones de quinto grado, tocando un tambor en forma de calabaza conocido como ipu heke. Los niños cantan en hawaiano y bailan, en plena práctica para un espectáculo que darán en mayo. Cantan una canción sobre los viñedos pōhuehue, cuando hace una estupenda mañana en las dunas de arena y los surfistas hawaianos baten palmas sobre las aguas de la orilla, implorando a los dioses para que vengan olas más grandes. Al final de la canción, Lum cambia de ritmo y bate el parche del tambor con un agudo staccato y, uno por uno, los chicos de la primera fila se agazapan, se ponen en cuclillas y levantan los brazos abiertos, como si ellos mismos estuviesen sobre las olas.

Desmintiendo el estereotipo, el hula, esa conocida danza hawaiana no es un simple balanceo sensual de las caderas. Los movimientos acompañan la letra de las canciones. Para agradecerles por su actuación, Kanoe Cazimero corea y baila la segunda canción de una trilogía sobre Pele, la diosa hawaiana del fuego y los volcanes. Mueve los brazos fluidamente hacia arriba y hacia abajo para evocar las montañas y el mar. Al igual que Lum, Cazimero es nativa hawaiana y experta cultural formada en la tradición del hula, y ha participado en espectáculos de esta danza desde que tenía cinco años. Esta artista, también, estará a cargo de organizar los espectáculos para la Convención de Honolulu, incluido un recital de su hermano, el cantante y músico Robert Cazimero, conocido, junto con su hermano Roland, ya fallecido, como la “piedra angular de la música hawaiana”.

La enseñanza de la cultura hawaiana que ahora se imparte en las escuelas es un cambio radical respecto a la época en que Lum y Cazimero estaban en edad escolar. En 1896 se prohibió hablar hawaiano en las escuelas, tres años después de que la derrota del Reino de Hawái precipitó la anexión del archipiélago por parte de Estados Unidos. Puesto que a los nativos se los alentaba a asimilarse y adoptar la forma de vida estadounidense, a la cultura hawaiana se la percibía como atrasada y exótica. “Odiaba la música hawaiana, odiaba el hula, odiaba todo lo que fuera hawaiano”, afirma Lum. “Debido a tal estigma, no quería que se notara mi origen hawaiano porque no quería que mis amigos me rechazaran”.

Recién al cursar estudios universitarios, cuando el único curso de estudios étnicos que se impartía se centraba en Hawái, Lum comenzó a aceptar su identidad nativa. En la década de 1970 se vivió un verdadero renacimiento de la cultura hawaiana en virtud del esfuerzo de gente como Lum y Cazimero, y se despertó un renovado interés en el idioma, la música y las artes visuales indígenas. En 1978, fue enmendada la constitución del estado, disponiéndose la obligatoriedad de establecer un programa de educación hawaiana, y también se reconoció al hawaiano como lengua oficial del estado.

Una vez concluida la clase de hula, Lum y Cazimero me llevaron al Palacio de Verano de la Reina Emma, donde la refrescante brisa brindaba a la familia real un entorno agradable y a resguardo del calor y el polvo de la ciudad. En esta pequeña isla, da la impresión de que todos sus habitantes se conocen, y descubrimos que uno de los cuatro guías turísticos es hijo del presidente electo del Club Rotario de Honolulu, Pau Hana, del cual son socios Lum y Cazimero. Se exhibe una llamativa capa con plumas amarillas y rojas que perteneció a Kamehameha el Grande, el soberano que unificó el archipiélago de Hawái en un solo reino en el siglo XIX. Puesto que Hawái no tenía grandes mamíferos, ni metales ni piedras preciosas, se utilizaban las plumas como símbolo de riqueza y poder. “Los cazadores de aves cumplían una función muy importante para el rey y la reina”, explica Lum. “Los hawaianos nunca mataban a las aves. Solían untar los árboles con miel y al volar la miel se les pegaba a las plumas, y los nativos las desplumaban”.

La cultura hawaiana tiene algunos valores fundamentales y, como indica Lum, coinciden con el concepto de Dar de Sí antes de Pensar en Sí. El concepto de ‘ohana, o familia, es sumamente importante, ya sea la propia familia consanguínea, la familia del trabajo o del vecindario. Otro valor importante es ha‘aha‘a, o humildad. Y por supuesto, aloha, que mucha gente reconoce como la palabra hawaiana que significa “hola” y también “adiós”. Sin embargo, “aloha” tiene un significado mucho más amplio, dado que abarca amor, paz, compasión y piedad. Es algo tan profundamente inmerso en la cultura hawaiana que el “Espíritu Aloha” —que se define como los rasgos de carácter que expresan el encanto, la cordialidad y la sinceridad del pueblo hawaiano— fue codificado en la ley hawaiana. “Vivir aloha” es algo que todos decimos todo el tiempo, afirma Cazimero. “No es tan solo una frase estampada en una camiseta. Es algo que llevamos en el corazón”.

El archipiélago de Hawái es un lugar hermoso y ha sido el escenario natural de numerosas películas y programas de televisión, y da la impresión de que Tony y Joe Gedeon conocen los lugares donde se han rodado cada uno de ellos. A medida que viajamos por el sector oriental de Oahy, este dúo de padre e hijo, socios del Club Rotario de Waikiki, nos maravillan con su conocimiento enciclopédico de la cultura pop hawaiana. Nos indican las locaciones de Magnum P.I., Hawái Cinco Cero, y la célebre escena en la playa en De Aquí a la Eternidad; vemos la casa de Tom Selleck, el lugar donde estaba la casa de Real World: Hawaii y la escuela secundaria de Bruno Mars.

Nuestra excursión concluye con un recorrido en automóvil a través de una selva tropical y una serie de curvas cerradas hacia la cumbre del Monte Tantalus, mirador natural desde donde disfrutamos de un panorama de 270 grados de la isla. (Nosotros ascendimos en automóvil, aunque los visitantes más aventurados es posible que prefieran el reto de subir en bicicleta). Desde el mirador de Pu‘u ‘Ualaka‘a podemos ver la toba volcánica conocida como Diamond Head, el Punchbowl Crater, y el centro de Honolulu, la misma vista que disfrutaron Chad (Elvis Presley) y Maile (Joan Blackman) durante su picnic interrumpido en Hawái Azul. Al llegar la hora del almuerzo, nos dirigimos a la ciudad para disfrutar del conocido poke, ensalada de pescado crudo marinado. Es bueno recordar que se pronuncia pokéi y rima con OK.

Nuestra jornada concluye con una combinación de comida y entretenimiento conocida como luau. Un luau es mucho más que un banquete. Los hawaianos pueden organizar un luau para festejar un cumpleaños o un aniversario, de la misma manera que en otras partes del mundo celebran con una parrillada, una mariscada o una enorme paella. Asistimos al luau de Paradise Cove en el complejo turístico Ko Olina en Kapolei, y llegamos justo cuando dos hombres retiraban a un cerdo asado del imu, un horno de tierra rodeado de hojas de banano y piedras calientes. Para abrir el apetito, nos quitamos las chancletas y nos embarcamos en una canoa con estabilizadores a lo ancho del casco para equilibrar la embarcación. Tras remar vigorosamente durante varios minutos, nos detuvimos para disfrutar la espectacular puesta de sol sobre el agua.

Una vez en la costa, bajo un cielo espectacular y la luna en cuarto creciente, degustamos diversos platos tradicionales, incluido el suculento cerdo kalua —kalua significa “asado en horno de tierra”— y poi, una especialidad de color púrpura a base de taro. El animador de este evento luau para la familia tradicional y amigos, pregunta quiénes celebran ese día su cumpleaños, luna de miel o aniversario. Presenciamos distintos estilos de danzas de las islas del Pacífico y Bea se levanta de la silla raudamente cuando solicitan voluntarios para bailar hula, y se une a los demás keiki (niños) que aprenden a mover las manos “como quien bate un bol de poi”, “como el vaivén de las olas del mar” y “como quien pesca con caña y carrete”. Animados por el hipnótico ritmo de los tambores isleños, la velada concluye con un hombre haciendo malabarismos con bastones en llamas. El público aplaude a medida que el artista gira, salta y hace volteretas, como digno final a esa mágica noche.

Estoy dentro del Museo de Arte de Honolulu con las gemelas Tina y Christina Bui. Ambas estudian biología en la University of Hawaii, y ambas planean seguir posteriormente estudios de medicina. Las hermanas Bui, también, son co-presidentas del Club Rotaract de la University of Hawái at Manoa, al cual se habían afiliado tras varios años de actividad en Interact en su escuela secundaria.

Las hermanas Bui tienen prácticamente todas las características típicas de los gemelos idénticos como no había visto antes. Se visten igual, de negro, y hablan al unísono utilizando las mismas palabras. Algunas veces me da la impresión de que las escucho en sonido estereofónico. “Me gusta porque la sala está muy tranquila”, susurra Tina mientras examinamos las obras que ejemplifican la evolución del arte budista. Y concluye Christina: “Como está todo tan tranquilo, puedes pensar en silencio”.

Las dos jóvenes querían mostrarme el museo porque es uno de los lugares favoritos que les gusta visitar con amigos. Al recorrer las distintas salas, me atrajo la Sala Hawaiana, donde no hay tantos artefactos históricos pero sí obras en las que los artistas buscan encontrarle sentido al mundo moderno. A las hermanas Bui les encanta en especial la galería de retratos, donde la yuxtaposición de pinturas antiguas y modernas acentúa la variedad de estilos artísticos. Entre las galerías interiores climatizadas, se encuentran varios patios interiores que son verdaderas obras de arte en sí mismos. Por ejemplo, el Patio Mediterráneo, cuenta con fuentes y azulejos en las paredes, y el Patio Chino tiene un estanque koi, lo que configura un ambiente agradable para los visitantes del museo que deseen descansar al aire libre.

Posteriormente, las gemelas Bui me llevan a ver una exposición de arte callejero  Kaka‘ako, una antigua barriada industrial situada a más de tres kilómetros de Waikiki, donde ahora abundan las cervecerías artesanales, cafeterías, restaurantes y, sobre todo, las pinturas murales. Es indudable que es un lugar verdaderamente original y vale la pena visitarlo. “Es una zona joven y abierta a todos”, afirma Tina. Prácticamente todos los muros del barrio están cubiertos por una gama de murales que van desde retratos realistas hasta “monstruos aloha”. Vemos a unos turistas tomándose selfies y nosotros también lo hacemos porque no podemos resistir la tentación.

Nos unimos a los demás turistas, a medida que escuchamos un tour de audio y deambulamos entre las exhibiciones y el centro para visitantes del Pearl Harbor National Memorial. Sin embargo, al llegar a cierto punto sobre la costa y observar al USS Arizona Memorial (monumento conmemorativo que marca el lugar donde el citado buque de guerra estadounidense fue atacado y hundido por la aviación japonesa, no puedo menos que detenerme. Me quito los audífonos y cierro los ojos como para aislarme del resto del mundo. Deseo dedicar un momento a reflexionar sobre el significado de este lugar tan solemne.

Dado que lo visitan cada año dos millones de personas, puede decirse que se trata de la principal atracción turística de la isla de Oahu. Pero a la vez es, también, un lugar donde a los visitantes se nos pone la carne de gallina aunque estemos rodeados de gente desconocida, porque constituye un impresionante recordatorio de la tragedia de la guerra.

No obstante, también es un símbolo del poder de la reconciliación. Los Clubes Rotarios de Pearl Harbor e Hiroshima (Japón), establecieron una relación de clubes hermanos en 1982 para convertir las cicatrices de la guerra en vínculos para la paz. Los rotarios de ambos clubes intercambian visitas a sus respectivos monumentos a las víctimas de la guerra y plantan árboles para la paz en ambas ciudades.

El USS Arizona Memorial se erige sobre el casco sumergido del acorazado, que se hundió en nueve minutos durante el sorpresivo ataque que tuvo lugar el 7 de diciembre de 1941. Cuando lo visitamos con mi familia, el museo estaba cerrado por reparaciones, aunque se calcula que reabrirá sus puertas posiblemente en el último cuatrimestre de 2019, cuando los visitantes nuevamente podrán caminar sobre el lugar donde más de 1000 hombres perdieron la vida a bordo de la nave.

No sabía hasta qué punto mi hija iba a entender todo esto. Pero incluso Bea se conmovió por la solemnidad del lugar y cuando salimos se puso la mano sobre el corazón.

Bea les grita a las olas que se estrellan contra la roca sobre la cual está sentada y nos salpican a medida que las aguas se expanden sobre la costa. “¡Esta ola sí que es grande!”, vocifera y le lanza gestos de desafío al agua. “¡Ven que te espero!” Mientras tanto, Del Green, presidente de la Comisión Organizadora Anfitriona (COA) 2020 señala las tortugas verdes que se desplazan bajo el agua a la luz del sol. El ambiente de algarabía es contagioso y yo también grito cuando veo una aleta o una cabeza que se asoma a la superficie. “Nos despiertan al niño que todos llevamos dentro”, reconoce Green.

Estamos en la costa norte de Oahu, en Laniakea Beach a menudo conocida como Turtle Beach (Playa de las tortugas) debido a las tortugas verdes que aquí se alimentan. Las tortugas, honu en hawaiano, llegan a medir hasta más de un metro y pesan entre 90 y 226 kilos. Si vas a la Convención de Honolulu no te las podrás perder porque forman parte del logo del magno evento. [EL1] [BG2]

Estamos a mitad de camino de nuestro recorrido circular de la isla con Green, socio del Club Rotario de Downtown Honolulu, y su novia, Diana Doan, socia del club de Honolulu Pau Hana. Cuando nos vinieron a recoger por la mañana, Green y Doan nos saludaron con besos en las mejillas y nos colgaron del cuello leis, collares de flores de color púrpura y blanco, una bienvenida que nos han dado varias veces durante nuestro viaje. Al parecer, los hawaianos no pierden ocasión de obsequiar leis, como saludo, agradecimiento o para reconocer un logro. Se trata de “compartir aloha”, afirma Green. Las tiendas de leis se encuentran en Chinatown y en el aeropuerto, y los adornos pueden hacerse no solo con los pétalos de las flores sino también con nueces, caparazones o billetes de un dólar. La COA, indica Green, ha planeado disponer que los rotarios ayuden a confeccionar el lei más grande del mundo con papel moneda de sus países de origen, para después destinar la recaudación a la campaña Pongamos Fin a la Polio.

Cuando salimos de Honolulu, Green explica que, a diferencia de EE.UU. continental, la gente no utiliza los puntos cardinales “este” y “oeste” para orientarse, sino que hacen referencia a elementos geográficos como “Diamond Head” en lugar de “este” y “Ewa” (se pronuncia e-va, por Ewa Beach) en lugar de “oeste”. Y también se utilizan mauka y makai, que significan “hacia la montaña” y “hacia el mar”.

A lo largo de la ruta, hemos dejado atrás numerosas y atrayentes playas y me faltan palabras para describir el agua: aguamarina y reluciente en Hanauma Bay, un sitio popular para hacer snorkeling. “El agua resplandece”, exclama Bea, y las aguas de Sandy Beach Park, conocida por la osadía de quienes allí practican el bodysurfing, se asemejan al cóctel conocido como Blue Hawaiian. Cando llegamos al faro de Mokupu‘u, donde los visitantes pueden dar un paseo corto por un sendero pavimentado, se me agotan las ideas. “¿Aguas cerúleas?”, sugiere Craig.

Entre playa y playa, nos quedamos maravillados con las montañas Ko‘olau, cuyos verdes acantilados se caracterizan por pliegues similares a lo que nos ocurre con la piel de los dedos cuando hemos permanecido demasiado tiempo en la bañera. Es casi la hora del almuerzo y a la luz del mediodía las montañas se ven como si fueran bidimensionales, como el decorado de un estudio cinematográfico. (Debo mencionar que allí se rodaron numerosas películas, entre ellas Parque Jurásico). Incluso Green, pese a su condición de residente local, se queda boquiabierto a mitad de una frase durante el trayecto para admirar el paisaje. “Estas montañas son hermosas, ¿cierto?”. Al pasar por un estacionamiento para automóviles vemos una barrera con la leyenda “Aloha es una forma de vida”, y en eso está de acuerdo toda la gente que conocimos en nuestro viaje.

Tras el vuelo de regreso al invernal estado de Wisconsin, Bea regresa a su clase de preescolar y su maestra le pide que escriba algo en su diario acerca del viaje. Y en esta ocasión, no escribe acerca de las playas, el océano ni el espléndido clima que tuvimos oportunidad de disfrutar. Bea relata cosas sobre el día que pasamos en compañía de Del y Diana. Incluso mi hija de seis años reconoce que, aunque a las islas no les faltan encantos naturales, lo mejor de una Convención de Rotary es la gente que una conoce.

¡Descubre aloha en Honolulu!

Inscríbete en la Convención 2020 ahora y ahorra hasta USD 200. La cuota de preinscripción hasta el 15 de diciembre es de solo USD 450 para los rotarios y USD 120 para los rotararactianos. Inscríbete en riconvention.org/es. Una vez que ingreses en este sitio, descarga el kit promocional para alentar a tus compañeros rotarios a que asistan al evento de Rotary más grande del año, y también puedes ver y compartir un interesante video para promover la Convención de Rotary.

Vive la cultura de Hawái en los eventos planificados por la Comisión Organizadora Anfitriona en Honolulu, los cuales incluyen un concierto en la Waikiki Shell, una caminata al amanecer por la paz, un proyecto en un antiguo estanque de peces y una comida con los rotarios de la localidad. Para más información ingresa en rotaryhonolulu2020.org.

 



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