Julio - Agosto 2018 Barry

Publicado el septiembre 24th, 2018 | por macero

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Llámame Barry

Barry Rassin, nuevo presidente de Rotary International, logra el equilibrio perfecto entre la afabilidad bahameña y un liderazgo decisivo
Por Diana Schoberg

Fotografía de Alyce Henson

A varios kilómetros de las costas de Nassau, Barry Rassin, presidente de Rotary International 2018-2019, se balancea en la proa del Rat Bat. Por aquí no navegan enormes barcos de crucero ni ruidosos jet skis; solamente el paso ocasional de un barco de recreo y el sonido del agua rompiendo contra su casco. En el mar color turquesa, tortugas gigantes se deslizan en el fondo del océano.

“Para mí”, explica Rassin, “el mar significa libertad y paz. Cuando estoy navegando, me olvido de todo. Sientes que eres uno con el mundo y que nada puede salir mal”.

Hace unos minutos estaba lloviznando, pero ahora se está asomando el tenue sol de diciembre. El Rat Bat se balancea repentinamente por el paso de una embarcación. Sin inmutarse, Rassin mantiene un perfecto equilibrio, mirando fijamente hacia el cielo azul en el horizonte.

Al final de la tarde del 12 de enero de 2010, Rassin y su esposa, Esther, estaban en su casa en Nassau, la capital de Bahamas, cuando un terremoto de magnitud de 7 en la escala de Richter sacudió a Haití, a 885 kilómetros de distancia. Poco después, Rassin recibió una llamada de Errol Alberga de Jamaica. En ese momento, Alberga era el gobernador del Distrito 7020, que abarca a las Bahamas, Jamaica y Haití, así como otras islas de las Antillas.

Alberga le informó a Rassin, exgobernador del distrito y presidente del renombrado Doctors Hospital de Nassau, sobre el terremoto y le pidió dirigir los esfuerzos de socorro por parte de Rotary. Rassin pasó el resto de la noche paseándose por su sala de estar mientras llamaba a otros líderes de la región. En una esquina de la habitación, un televisor transmitía imágenes de Haití en ruinas, y en la parte inferior de la pantalla apareció un aviso de emergencia que llamó la atención de Rassin: había una alerta de tsunami para las Bahamas, una ola sísmica tan enorme que podía arrasar potencialmente todo el país.

Rassin y su esposa salieron a su balcón en el segundo piso y esperaron. “En la noche, si uno mira hacia el océano, todo lo que ves son luces sobre la orilla del mar y luego todo se oscurece”, recordó Rassin en un poderoso discurso pronunciado en enero durante la Asamblea Internacional en San Diego. “Miré hacia donde terminaban las luces y comenzaba la oscuridad, y esperé que la oscuridad se acercara y tragara la luz”.

Afortunadamente, no se produjo el tsunami y Rassin se puso a trabajar nuevamente. En los siguientes días y semanas, mientras que Richard McCombe, otro exgobernador de distrito, lideraba la respuesta diaria de Rotary a la catástrofe, Rassin coordinó los esfuerzos de recuperación a largo plazo financiados por donaciones de rotarios en todo el mundo a La Fundación Rotaria. Creó una hoja de cálculo de 132 páginas para dar seguimiento a cada detalle: cuánto dinero había disponible, cuánto se había gastado, qué club estaba a cargo de qué iniciativa. “Durante la conferencia distrital realizada al año siguiente, Barry analizó las cifras de cada proyecto”, explica Lindsey Cancino, expresidente del Club Rotario de East Nassau, el club de Rassin. “Se equipararon los fondos que había en la cuenta [de recuperación en caso de desastre] hasta el último centavo. Yo estaba fascinado”.

Inmediatamente después del terremoto, Rassin trabajó con Claude Surena, un médico y rotario haitiano que había convertido su casa en las afueras de Puerto Príncipe en un hospital y refugio improvisado. Desde ahí, Surena brindó cuidados a más de 100 personas desplazadas. En otros lugares de la isla, decenas de miles habían muerto o habían resultado heridos. En llamadas nocturnas a Rassin y su equipo, Surena, quien a petición de René Préval, el entonces presidente de Haití, supervisaría luego las labores de recuperación del sector sanitario público y privado de ese país, detalló los medicamentos y otros suministros que se requerían urgentemente. Y luego, cada mañana, un avión privado volaba desde Nassau cargado de los suministros necesarios.

Rassin decidió ir en uno de los vuelos. Durante el viaje de cuatro horas sobre el océano, contempló el infinito cielo y mar azul plagado de verdes islas tropicales. “Simplemente parecía un paraíso”, dijo Rassin en su discurso. “Y luego llegamos a Haití”.

En tierra, pude ver caminos llenos de baches, casas colapsadas y barrios completamente reducidos a escombros. Sin poder aterrizar en Puerto Príncipe, el avión aterrizó en una pista de césped en las afueras de la capital. Después de descargar, el avión se dirigió nuevamente a casa. “En un par de minutos, estábamos sobre el océano”, recordó Rassin en su discurso, “contemplando la misma vista maravillosa. Haití desapareció tras de nosotros, teníamos las Bahamas en frente y ahí estábamos, en medio de los dos.

“Al mirar el agua y el horizonte, me di cuenta que no había un límite entre ahí y aquí, entre ellos y nosotros, entre el sufrimiento del que habíamos escapado y que otros no habían logrado evitar. Pudo haber sido las Bahamas. Pudimos haber sido nosotros”.

 

 

Barry Rassin siempre sintió que estaba destinado a estudiar medicina. Era parte de su herencia. Su padre, Meyer, un cirujano ortopédico notoriamente brusco, había llegado a las Bahamas desde Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial para supervisar la atención médica de las tropas de la Real Fuerza Aérea ahí apostadas. Salvo por cierta actividad submarina, las Bahamas estaban fuera del escenario de la guerra. Los campos aéreos de Oakes y Windsor en Nassau ofrecían entrenamiento de vuelo a los potenciales pilotos de la Real Fuerza Aérea destinados a volar sobre Europa.

Con poca actividad de medicina militar a su cargo, el Dr. Rassin dedicó su tiempo a atender a los residentes locales, incluidos los leprosos que habían sido exiliados de la sociedad. Esta labor lo hizo ganarse el cariño de la población general. Tras la guerra, regresó a Inglaterra, pero en 1947, pocas semanas después del nacimiento de su hijo Barry, Rassin regresó con su familia a Nassau para trabajar en el hospital del gobierno. En 1955, Meyer Rassin y su esposa, Rosetta, una enfermera quirúrgica, abrieron el Hospital Rassin para brindar una mejor atención a sus pacientes.

Barry tenía 10 años cuando su padre lo hizo ver una operación cesárea por primera vez. (“Me asusté un poco”, afirma él hoy). Eso lo introdujo a la profesión familiar. Su hermano mayor, David, obtuvo un doctorado en farmacología y se dedicó a investigar las propiedades de la leche materna.

En cuanto a Barry, se matriculó como estudiante de medicina en la Long Island University en las afueras de Nueva York, pero abandonó la universidad dos años después. “No sé si era demasiado difícil para mí o si simplemente no tenía interés”, explica él. “Nunca fui bueno para los estudios. Los profesores siempre me decían que no era muy estudioso”.

Rassin regresó a Nassau y tuvo trabajos de poca importancia en el British Colonial Hotel. Comenzó trabajando en la recepción, “no era para mí”, pero al poco tiempo lo relegaron a la sección de microfilmación y a la entrega de suministros de oficina. Después de un año, Rassin se dio cuenta que tenía que tomar una decisión: podía dedicar el resto de su vida a trabajar en el hotel y vivir en la casa de sus padres o volver a estudiar.

En 1967, se mudó a Miami, se matriculó en un colegio universitario y tomó todas las clases que llamaran su atención. Quería averiguar qué le convenía más. “Después de dos días estudiando contabilidad, me dije ‘esto es para mí’”, recuerda él. “Era demasiado fácil.  Lo comprendí”.

Se pasó a un programa de negocios, mejoró sus notas y fue transferido a la University of Miami, donde obtuvo un grado en contabilidad, graduándose con honores. Luego, obtuvo su MBA en salud y gestión hospitalaria de la University of Florida.

De regreso a las Bahamas, después de varias décadas de prosperidad, el Hospital Rassin sufrió una crisis. Después de que las Bahamas obtuvo su independencia en 1973, muchos expatriados británicos, incluidos muchos pacientes del hospital, abandonaron el país. Es en ese momento que Rassin, con varios años de experiencia en gestión hospitalaria (principalmente en el Mount Sinai Medical Center en Miami), regresó a Nassau con su primera esposa y sus hijos Anthony, Pascale y Michele. Su meta era traer a los mejores profesionales en medicina moderna a su país y su plan era hacerlo en un renovado Hospital Rassin.

Charles Diggiss, actual presidente de Doctors Hospital (como se le llegó a conocer al renovado hospital), cubrió turnos en la sala de urgencias a finales de la década de 1980, cuando fue cirujano residente en el hospital público. “Barry estaba administrando un hospital que estaba a una cuadra del hospital público”, explica Diggiss. “Tuvo el coraje de ir más allá de eso. No le hicieron promesas de éxito, pero le advirtieron que iba a ser frustrante, que los médicos iban a estar escépticos”.

Mirando al pasado, Rassin relata los desafíos que enfrentó: “fue una lucha con mis padres, una lucha con los médicos y una lucha con mi esposa”. Toda esa presión puso fin a su primer matrimonio, explica él. Pero las amistades que cultivó en Rotary fortalecieron su determinación de perseverar. “Recibí el apoyo de un grupo de ciudadanos de las Bahamas que manifestaron que existía una verdadera necesidad de hacerlo”.

Varios años antes, Rassin estaba trabajando para American Medicorp en Hollywood, Florida, cuando un médico le pidió afiliarse a Rotary. Rassin se rehusó. “En mi mente, él tenía por lo menos 70 años”, explica él. “Yo tenía 30. La gente dice que no se están afiliando nuevos socios porque no les preguntamos. No consiste únicamente en preguntar; a mí me preguntaron, pero no quise afiliarme”.

Rassin cambió de opinión sobre Rotary cuando se mudó a Nassau y conoció a John Robertson en un evento de captación de fondos en el Club de East Nassau. Robertson estaba ayudando en el evento y las hijas de Rassin, Pascale y Michele, estaban participando. Los dos hombres charlaron y al final de la conversación, Rassin aceptó la invitación de Robertson de almorzar en Rotary. Siete años más tarde, en 1987, se convirtió en el presidente del club. Michele, la primera socia del club, tomó el mando en 2009.

El ascenso de Rassin en las jerarquías de Rotary coincidió con la culminación de su plan para transformar el Hospital Rassin. En 1986, trabajó con un consorcio de médicos para comprar el hospital a su padre y crear el recientemente bautizado Doctors Hospital. En 1993, bajo la dirección de Rassin, concluyó la expansión que tuvo un costo de USS 8,5 millones, y en la actualidad se considera uno de los mejores hospitales del Caribe.

Mientras todo esto transcurría, la vida personal de Rassin cambió también cuando conoció y se casó con Esther Knowles en 1990. Esther, una exitosa ejecutiva bancaria, se involucró de lleno en la vida de su esposo en Rotary. Cuando fue gobernador de distrito en 1991-1992, lo acompañó en una odisea de seis meses visitando cada club en cada país del distrito. Su alianza y respeto mutuos son evidentes cuando los ves juntos. “Esther siempre me ha mantenido con los pies sobre la tierra”, explica Rassin. “Tan pronto como cree que tengo mi ego elevado, se cerciora de ponerme en mi lugar. Después de cualquier discurso, si Esther lo escucha, siempre le pregunto cómo estuvo. Es la única que siempre me dice la verdad”.

Rassin se jubiló como presidente del hospital en 2016, aunque sigue siendo miembro de su directiva. En retrospectiva, la larga lucha para hacer su sueño realidad valió la pena. “Debes correr riesgos en la vida”, insiste él. “Por eso estamos aquí hoy: no para seguir el mismo camino, sino para sacar tu machete, recortar la maleza y abrir un nuevo camino. La gente de aquí no está recibiendo buena atención sanitaria y la necesitan con urgencia”.

“Una de las cosas más importantes sobre este viaje es ver cómo él se comprometió en cuerpo y alma con Doctors Hospital y siguió involucrado en Rotary”, explica Charles Sealy, quien conoció a Rassin a través de Rotary y lo sucedió como director ejecutivo (CEO) del hospital. “Ver cómo puede alguien equilibrar las dos cosas, excepto que no creo que la palabra más apropiada fuera ‘equilibrar’ porque estaba plenamente comprometido con ambas organizaciones”.

Tanto en el hospital como en Rotary, la gente reconoce a Rassin como un visionario y un administrador orientado a los detalles. Además, lo elogian como un valioso mentor. “Es bueno para identificar el talento de liderazgo”, explica Felix Stubbs, un integrante de la directiva de Doctors Hospital quien atribuye a Rassin la creación de oportunidades que contribuyeron a la designación de Stubbs como gobernador del Distrito 7020. “Cuando él ve a alguien que tiene destrezas que pueden ser ventajosas para Rotary, se cerciora de atraer a esa persona a la organización. Eso es exactamente lo que hizo en Doctors Hospital. Identificó a jóvenes líderes talentosos y los atrajo para trabajar en el hospital y luego pudo jubilarse y dedicar su tiempo a Rotary”.

Como corresponde a una organización de una isla, el Club Rotario de East Nassau se reúne dentro de un cuarto con paneles de madera en un club de yates. Los cuadros de veleros adornan las paredes. SirDurward Knowles, quien, hasta su muerte en febrero, reinó como el medallista olímpico de mayor edad en el mundo (por sus medallas de bronce y oro en competencias de vela en 1956 y 1964, respectivamente), fue un socio activo.

De muchas maneras, es el club ideal del siglo XXI: 60% de sus socios son menores de 50 años, y un socio es rotario y rotaractiano. Durante una reunión en octubre, había tantas mujeres en cargos de liderazgo que un hombre no pudo subir al podio en la primera media hora. Como orden del día, se entregaron premios por asistencia. Rassin recibió un premio por 30 años de asistencia perfecta. Desde su afiliación en 1980, solo ha faltado a una reunión.

Aunque Rotary ha sido decisivo en la vida de Rassin por casi 40 años, su meta nunca había sido llegar a ser presidente de Rotary International. Estuvo incluso reacio a que lo postularan. Pero como él explicó, “las Bahamas y el Caribe nunca han tenido un presidente y los rotarios de estos lugares consideraron que debía postularme para representarlos. Me di cuenta que querían sentirse parte de Rotary, y yo estaba en posición de hacer eso posible. Entonces por ellos, pensé que debía hacerlo”.

Sam F. Owori, socio del Club Rotario de Kampala (Uganda), fue propuesto en 2016 como presidente de Rotary en 2018-2019. Después de su repentino fallecimiento por complicaciones durante una cirugía en julio de 2017, Rassin fue seleccionado para asumir el cargo.

Entre las primeras personas que Rassin llamó estuvo John Smarge, exdirectivo de Rotary International, proveniente de Florida y asistente de Owori. Rassin pidió a Smarge que fuera también su asistente. “Una de las primeras cosas que le dijo fue ‘Quiero que la memoria de Sam continúe, y quiero que me ayudes a lograrlo’”, recuerda Smarge. “Barry estaba altamente calificado para ocupar este cargo y ayudaría a que Sam fuera recordado siempre con mucho cariño”.

Smarge y Rassin se conocen desde hace dos décadas. Vienen de la misma zona rotaria y fueron gobernadores de distrito en la misma época. Trabajaron juntos después del terremoto de Haití y fueron titulares de la cuenta del Fondo de Reconstrucción tras el Terremoto de Haití, un fondo designado por los donantes que se estableció a través de La Fundación Rotaria para apoyar proyectos por un monto total de USD 6,5 millones. “Barry Rassin es una estrella de rock en Haití, no hay otra manera de decirlo”, explica Smarge. “Es una estrella de rock porque saben lo que él hizo por ese país”.

Quizá Rassin sea una estrella de rock rotaria y el orgullo del Caribe, pero rehúye a la fama, afirma su amigo Felix Stubbs, y se considera una persona normal. Cuando administraba Doctors Hospital, no era raro verlo recorrer los salones en pantalón corto y sandalias. Cuando lo visité recientemente, en esta oportunidad vestido elegantemente, todos, desde el personal de la recepción hasta los médicos y enfermeras, se detenían para saludarlo. Una mujer se acercó rápidamente para abrazarlo. Otro le sonrío y le dijo “te ves bien Barry”.

La intención no era faltarle el respeto, simplemente estaban siguiendo la política de la compañía. A principios de la década de 1990, Rassin (es decir, Barry) pidió a todo el mundo en el hospital dirigirse a sus colegas por su nombre de pila. Recuerda que “una empleada de limpieza se acercó a mí y me preguntó, ‘¿realmente puedo llamarte Barry?’ Y le dije que sí podía hacerlo. ‘Bueno’, contestó ella, ‘simplemente lo susurraré, porque no me siento cómoda’.

“Todos estamos al mismo nivel”, continuó Rassin. “Simplemente ocupamos diferentes cargos. Por casualidad, yo tengo el cargo de presidente este año, pero todos los rotarios somos responsables de Rotary. Estamos juntos en esto. Todos debemos trabajar juntos sin importar nuestro cargo”.

Las Bahamas es famosa por sus cerdos nadadores (búscalo en Google, es cierto), pero Barry y Esther Rassin deseaban que otro animal recibiera más atención. El país es el hábitat natural de la población reproductora de flamencos caribeños más grande del mundo, una especie que fue cazada casi hasta su extinción a mediados del siglo XX. En Ardastra Gardens, un zoológico y centro de conservación en Nassau, las aves se pasean por una pista varias veces al día, deteniéndose para ser fotografiados con los complacidos visitantes que posan sobre un pie para imitar a sus nuevos amigos. Rassin llegó aquí cuando era niño, y ha regresado muchas veces con sus hijos y nietos.

Es el último show del día y Barry y Esther se quedaron para una sesión fotográfica junto a los flamencos. Al finalizar, se dieron la mano con el “sargento instructor” de las aves, el gerente de operaciones del zoológico que también es rotario, de pronto Esther recuerda algo: no posaron sobre un solo pie como los demás.

Ella y su esposo, ahora el distinguido presidente de Rotary, se apresuran para regresar a la pista mientras las aves color coral se reúnen. Barry y Esther extienden sus brazos y levantan un pie. Se miran y no pueden parar de reírse; parece como si pudieran quedarse ahí, en un perfecto equilibrio para siempre.



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